Mientras ella terminaba de arreglarse con una de sus camisetas favoritas, de manga corta puesto que ya hacía calor, de fondo se oía aquella canción, sí, justo esa. La que sonaba como una promesa de esas que el tiempo pone en tu camino de manera ineludible. Impulsivamente como llevada por una corriente eléctrica y con una sonrisa permanente dibujada en su pequeño rostro se puso a escribir.
Mallorca estaba a la vuelta de la esquina.
Y La Manga.
Y una boda en noviembre.
El chico dorado estaba cada vez más cerca.
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