miércoles, 22 de agosto de 2012

Como cada mañana él, se despierta temprano, a las nueve, desyuna y prepara su mochila: Las palas, un botellin de agua, el móvil y algo de dinero. Se pone el bañador, coloca encima una camiseta y cubre su mirada con unas gafas de sol. Baja a la playa y empieza a andar por la orilla, a correr; porque solo puede pensar en ella, en sus ganas de ese encuentro furtivo diario. Sigue andando y corriendo con el agua bajo sus pies, mientras el sol besa constantemente su piel, obseva a toda la gente que hay en la playa. Llega a "su playa" la de los dos, son las once menos diez, todavía quedan diez minutos para que ella llegue, así que se sienta a esperar. Poco tiempo despues la ve aparecer, llegar de lejos, tira la mochila al suelo y va su encuentro. La abraza, la coge dan una vuelta en el aire y la besa, la besa tantas veces sobre la arena, la hace rabiar, reir, le hace cosquillas, se rien, se bañan juntos, se hacen ahogadillas el uno al otro, almuerzan... Hasta que llega, como siempre la hora de despedirse, se hace interminable, imposible; no se quieren separar por nada del mundo, pero lo suyo es un secreto, así que cada uno se vuelve por su camino, no dejando de mirar hacia atrás. Pero ya no viven, están muertos, porque solo viven esas horas en las que se escapan para estar juntos.

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