Son las dos y diez, vuelvo a casa. Llevo con una rebequita fina, paso un poco de frío porque, todavía estamos en noviembre y además está lloviendo, vuelvo por un sitio completamente nuevo, sabia que existía, pero nunca había pasado por allí; inmersa en mis pensamientos, busco, y ahí en un rincón esta él. Pienso en que estará haciendo.
Pienso en lo que es él para mi, nada, no puede haber nada con una persona con la que has tenido tres conversaciones completamente superficiales, lo conoces casi de vista y te ha sonreído tres veces; pero sientes que sois completamente afines, que podríais ser felices y además lo sabes desde el primer segundo en el que lo conociste, te pasa como cuando vas por la calle ves a una persona y durante una milésima de segundo sientes que seriáis felices por el resto de vuestras vidas, no sabes porque razón pero lo sientes así. La gente te dice que es un poco descortés, a veces áspero e incluso en ocasiones, grosero, pero no les crees; una persona tan amable y atenta en su trato contigo, no puede ser así. En ese momento te das cuenta de que no sabes cuando le volverás a ver.
Vuelvo a la vida, a la humedad del ambiente, a darme cuenta de todo lo que me rodea, el atasco en la carretera de al lado, que llevo un paraguas en la mano, de la lluvia, de los charcos, de que tengo que seguir andando y otra vez, del frío.
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